Octavo escrito: Perdonarte para no repetirte

 

Este capítulo de mi vida es uno de los que más me cuesta escribir. “Paternidad”: una palabra tan grande, cargada de responsabilidad, que algunos hombres no saben que deben asumir desde el momento en que eligen compartir la intimidad con una mujer.

 Nací un primero de octubre, un día domingo. Llegué al mundo y mi papá, según contaban, ya sabía que desde ese día empezaban sus dolores de cabeza. La menor de tres hermanos, la mujer después de dos varones… quizás su debilidad también.

 Tengo dos versiones de mi papá. Cacho, como le gustaba que le digan, aunque su verdadero nombre era Rubén Armando. Tuve un papá al que amé profundamente de chica, del que no me daba vergüenza ir abrazada por la peatonal del centro. Era su “mina”, como solía llamarme. Un papá como cualquier hija mujer sueña tener de niña.

 El problema fue que esa niña fue creciendo… y su conciencia también.

 Lamentablemente, mi papá fue introducido al mundo del alcohol y no supo autocontrolarse. Es una enfermedad que lastima mucho, no solo a quien la padece, sino también a quienes lo rodean.

 Mi mamá lo conoció a través de una compañera. Ella era la mejor alumna, una niña que no tuvo mucha calle, muy amiga de los libros (quizás sus mejores amigos). Imaginen la escena de Caperucita encontrándose con el lobo. Algo así fue. Él ya tenía mucha más calle recorrida, y eso puede ser un riesgo en una relación.

 Su primer y único novio. Luego, marido y padre de sus hijos. No sé mucho de su relación de novios, pero sí sé que antes del alcohol, Cacho era diferente. Una mejor versión de la que después se convertiría.

 Mi papá era una persona súper inteligente, pero no tomó buenas decisiones. No estudió una carrera y se dedicó a trabajar, pero nunca supo ser constante ni cuidar sus fuentes de ingreso. En su época tuvo muy buena posición económica: la mejor ropa, autos lindos, vacaciones… pero de todo eso, nosotros no éramos partícipes, porque no elegía compartir con nosotros ni ayudar económicamente a mi mamá. La pobre tuvo que pelearla sola, trabajando mañana y tarde para poder mantenernos.

 El alcohol lo llevó por senderos oscuros, donde su jornada empezaba un viernes a la noche y terminaba el sábado a la mañana, regresando a casa totalmente alcoholizado, agresivo, haciendo lío. Mi hermano del medio salía a abrir el portón e intentaba calmarlo. Yo corría a cuidar a mi mamá, porque tenía miedo de que le hiciera algo. Entraba a la casa y eran horas problemáticas hasta que se calmaba. Prefiero omitir cómo se calmaba, pero también fue doloroso… para alguien.

 Y así fui creciendo, sin tener un fin de semana tranquilo. Y para qué hablar de las navidades… él siempre encontraba un motivo para arruinarlas.

 Muchas noches, en medio de su estado de ebriedad, me hacía levantar y me ponía la canción “Ana” de Maná. Me hacía escuchar la letra (que habla de una adolescente que queda embarazada y termina suicidándose) y me amenazaba con las peores cosas si yo llegaba a quedar embarazada de grande.

 Recuerdo una previa a Nochebuena en la que llegó borracho, pateó el balde de agua con el que mi mamá estaba limpiando y quiso pegarle. Con mis trece o catorce años (no lo recuerdo bien), me metí a defenderla y lo empujé. Él se resbaló y cayó al piso, lastimándose con el vidrio de la vajilla que había roto antes. Recuerdo empujar a mi mamá hacia la calle y él detrás nuestro, hasta que nos tiró con un pedazo de ladrillo, errándole al objetivo por suerte.

 Ese día nos fuimos de la casa, pero regresamos a la tarde. Él ya no estaba… pero sí había dejado un mensaje para cada hijo, escrito con pintura negra en las paredes. Un hermoso escenario para la Nochebuena.

 No sé si fue su karma o qué, pero así fue: esa niña a la que le hizo escuchar una y mil veces esa canción de Maná, unos meses más tarde iba a ser mamá. Pero, para suerte mía, él ya no estaba… y meses después apareció siendo otra persona, porque había ingresado a un grupo de ayuda para alcohólicos.

 Les dije que me iba a costar escribir porque son tantas cosas que pasé, que me cuesta mantener un hilo en el relato. Mi papá hizo el intento de curarse. Fue a AA, como les conté, y yo quise que sintiera mi apoyo. Por eso me anoté en Alanon, donde iba cada sábado a acompañarlo. Pero, como ya les conté, él no era una persona constante, y siempre terminaba dejando todo y volviendo al alcohol.

 De chica me prometía que iba a llegar de viaje, y yo salía corriendo al garaje con cada auto que subía a la vereda… pero nunca era él. De ahí aprendí que las promesas se cumplen. Si no, duele mucho que las rompan.

 Fueron muchos los problemas en los que él se metía, y nosotros éramos quienes pagábamos los platos rotos. Hasta que mi mamá, mi hermano mayor y yo cerramos la puerta definitivamente. No así mi hermano del medio, que con su corazón noble —el mismo que salía corriendo a abrir el portón e intentaba calmarlo— siguió ayudándolo en cada macana que se mandaba.

 Fue en marzo de 2022 cuando ese corazón noble me contó que a mi papá lo habían acuchillado un sábado a la madrugada (en estado de ebriedad, nuevamente) y que estaba en terapia intensiva en un hospital. Mi hermano me lo contó porque necesitaba apoyo, y decidí dárselo. No por mi papá, sino por él. No quería que tuviera que aguantar ese momento solo.

 Un día salí del trabajo, fui al hospital, hice la fila, esperé largas horas hasta que me permitieron entrar… y lo vi ahí. En una cama, después de dos años sin saber nada de él ni él de mí. Ese papá fuerte y joven que yo recordaba estaba atado de manos y pies (la abstinencia del alcohol y los medicamentos no eran buena combinación). Me vio y se sorprendió. Se enteró por mí que su hijo mayor, desde Buenos Aires, estaba ayudándonos a saber de su estado. Ese hijo al que él había lastimado con los peores insultos. Y que su otro hijo, como siempre, era quien me buscaba del trabajo y me llevaba al hospital.

 Mi papá no estaba bien. Había sido sometido a dos operaciones donde le habían quitado metros de intestino. Estaba muy débil. Lo vi pocas veces, porque tenía que negociar con su pareja de ese momento (una mala compañía que también lo llevó por caminos oscuros).

 Hasta que un 18 de abril de 2022 me llegó un mensaje que decía:

 —Del hospital Padilla le escribo. Necesito que se acerque a la brevedad.

 Mi directora, que supongo ya sabía lo que eso significaba, me dijo:

 —Andate ahora. Nosotros vemos a tus alumnos.

 Llegué. Me confirmaron la noticia. Entré y lo vi ahí, en la cama. A su cuerpo. Él ya no estaba más. Me tocó la parte más fea: llamar a todos para dar la noticia.

 Pero hasta su muerte tuvo que ser complicada. Como había ingresado por una herida de arma blanca, tuvieron que mandar su cuerpo a hacer una autopsia. El mal manejo de la justicia hizo que mi hermano y yo estuviéramos desde las 10:30 hasta las 18:00 de ese día esperando con el traje para vestirlo, hasta que nos dijeron que no nos iban a entregar el cuerpo, que debía hacerse el procedimiento judicial.

 Recuerdo el agotamiento, la tristeza y a tres hijos que me esperaban en casa.

 Finalmente, nos entregaron el cuerpo al otro día. Me tocó cambiarlo. Todavía no sé cómo me animé a hacerlo. Imaginen un cuerpo que había pasado ya 24 horas fallecido… lo que fue pasar por eso. Después vino el velorio, el entierro. Y el fin de esa historia.

 Pero no de esta.

 Yo elijo quedarme con la imagen de mi papá de cuando era chica. Ese que amaba y que idolatraba. Prefiero pensar que fue un pobre niño al que le faltó amor y contención. Él siempre contaba cómo había sufrido que lo mandaran interno a una escuela en Córdoba, y cómo a su hermano le compraban cosas nuevas y a él no, y tantas otras historias más. Ese niño tuvo que crecer viviendo cosas feas, y no tuvo otra opción que pelear.

 Creo que su momento de luz y salvación fue haber encontrado a mi mamá. Pero creció viendo a un padre infiel… y siguió sus pasos. Y una de esas amantes lo llevó al vicio del alcohol. Fue una suma de malas elecciones, de dolores que nunca supo sanar, que prefirió justificar en lugar de trabajar.

 Y terminó solo, en un hospital. Lejos de sus hijos, de sus nietos (a mi hijo menor nunca llegó a conocerlo). Terminó como él se lo buscó. Quizás, si hubiera tenido amor y contención de niño, su vida habría sido diferente.

 Por eso elijo quedarme con su mejor imagen, con lo mejor que pudo darme. Mi papá no era malo. Pero lamentablemente, no tomó buenas decisiones.

 Nosotros, por suerte, tuvimos a mi mamá, que nos enseñó todo lo contrario a lo que le tocó vivir a él. Y por eso también creo que hoy tenemos la suerte de tener el presente que los tres vivimos. Gracias a ella.

 Me hubiera gustado tener un papá como el que muchas mujeres tienen: alguien que te cuida, que te da un modelo de hombre y te da seguridad a lo largo de tu vida.

Yo no lo tuve. Y quizás muchas de mis malas elecciones amorosas tuvieron que ver con eso.

 Termino relatando algo que me enseñaron en constelación familiar:

 “Papá, me dolió crecer con miedo cada fin de semana, queriendo un papá que me protegiera. Pero hoy elijo soltar ese dolor. Sé que hiciste lo que pudiste con lo que tenías. Te perdono y me libero de repetir tu historia. Hoy elijo un amor diferente, donde me sienta cuidada, valorada y protegida.”

 Donde sea que estés, de corazón, espero que estés en paz. Como quizás nunca tuviste. Y que desde ese lugar, me cuides como un papá cuida a una hija.

 

Andrea




 

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