Este capítulo de mi vida es uno de los que más me
cuesta escribir. “Paternidad”: una palabra tan grande, cargada de
responsabilidad, que algunos hombres no saben que deben asumir desde el momento
en que eligen compartir la intimidad con una mujer.
Nací un primero de octubre, un día domingo. Llegué
al mundo y mi papá, según contaban, ya sabía que desde ese día empezaban sus
dolores de cabeza. La menor de tres hermanos, la mujer después de dos varones…
quizás su debilidad también.
Tengo dos versiones de mi papá. Cacho, como le
gustaba que le digan, aunque su verdadero nombre era Rubén Armando. Tuve un
papá al que amé profundamente de chica, del que no me daba vergüenza ir
abrazada por la peatonal del centro. Era su “mina”, como solía llamarme. Un
papá como cualquier hija mujer sueña tener de niña.
El problema fue que esa niña fue creciendo… y su
conciencia también.
Lamentablemente, mi papá fue introducido al mundo
del alcohol y no supo autocontrolarse. Es una enfermedad que lastima mucho, no
solo a quien la padece, sino también a quienes lo rodean.
Mi mamá lo conoció a través de una compañera. Ella
era la mejor alumna, una niña que no tuvo mucha calle, muy amiga de los libros
(quizás sus mejores amigos). Imaginen la escena de Caperucita encontrándose con
el lobo. Algo así fue. Él ya tenía mucha más calle recorrida, y eso puede ser
un riesgo en una relación.
Su primer y único novio. Luego, marido y padre de
sus hijos. No sé mucho de su relación de novios, pero sí sé que antes del
alcohol, Cacho era diferente. Una mejor versión de la que después se
convertiría.
Mi papá era una persona súper inteligente, pero no
tomó buenas decisiones. No estudió una carrera y se dedicó a trabajar, pero
nunca supo ser constante ni cuidar sus fuentes de ingreso. En su época tuvo muy
buena posición económica: la mejor ropa, autos lindos, vacaciones… pero de todo
eso, nosotros no éramos partícipes, porque no elegía compartir con nosotros ni
ayudar económicamente a mi mamá. La pobre tuvo que pelearla sola, trabajando
mañana y tarde para poder mantenernos.
El alcohol lo llevó por senderos oscuros, donde su
jornada empezaba un viernes a la noche y terminaba el sábado a la mañana,
regresando a casa totalmente alcoholizado, agresivo, haciendo lío. Mi hermano
del medio salía a abrir el portón e intentaba calmarlo. Yo corría a cuidar a mi
mamá, porque tenía miedo de que le hiciera algo. Entraba a la casa y eran horas
problemáticas hasta que se calmaba. Prefiero omitir cómo se calmaba, pero
también fue doloroso… para alguien.
Y así fui creciendo, sin tener un fin de semana
tranquilo. Y para qué hablar de las navidades… él siempre encontraba un motivo
para arruinarlas.
Muchas noches, en medio de su estado de ebriedad, me
hacía levantar y me ponía la canción “Ana” de Maná. Me hacía escuchar la letra
(que habla de una adolescente que queda embarazada y termina suicidándose) y me
amenazaba con las peores cosas si yo llegaba a quedar embarazada de grande.
Recuerdo una previa a Nochebuena en la que llegó
borracho, pateó el balde de agua con el que mi mamá estaba limpiando y quiso
pegarle. Con mis trece o catorce años (no lo recuerdo bien), me metí a
defenderla y lo empujé. Él se resbaló y cayó al piso, lastimándose con el
vidrio de la vajilla que había roto antes. Recuerdo empujar a mi mamá hacia la
calle y él detrás nuestro, hasta que nos tiró con un pedazo de ladrillo,
errándole al objetivo por suerte.
Ese día nos fuimos de la casa, pero regresamos a la
tarde. Él ya no estaba… pero sí había dejado un mensaje para cada hijo, escrito
con pintura negra en las paredes. Un hermoso escenario para la Nochebuena.
No sé si fue su karma o qué, pero así fue: esa niña
a la que le hizo escuchar una y mil veces esa canción de Maná, unos meses más
tarde iba a ser mamá. Pero, para suerte mía, él ya no estaba… y meses después
apareció siendo otra persona, porque había ingresado a un grupo de ayuda para
alcohólicos.
Les dije que me iba a costar escribir porque son
tantas cosas que pasé, que me cuesta mantener un hilo en el relato. Mi papá
hizo el intento de curarse. Fue a AA, como les conté, y yo quise que sintiera
mi apoyo. Por eso me anoté en Alanon, donde iba cada sábado a acompañarlo.
Pero, como ya les conté, él no era una persona constante, y siempre terminaba
dejando todo y volviendo al alcohol.
De chica me prometía que iba a llegar de viaje, y yo
salía corriendo al garaje con cada auto que subía a la vereda… pero nunca era
él. De ahí aprendí que las promesas se cumplen. Si no, duele mucho que las
rompan.
Fueron muchos los problemas en los que él se metía,
y nosotros éramos quienes pagábamos los platos rotos. Hasta que mi mamá, mi
hermano mayor y yo cerramos la puerta definitivamente. No así mi hermano del
medio, que con su corazón noble —el mismo que salía corriendo a abrir el portón
e intentaba calmarlo— siguió ayudándolo en cada macana que se mandaba.
Fue en marzo de 2022 cuando ese corazón noble me
contó que a mi papá lo habían acuchillado un sábado a la madrugada (en estado
de ebriedad, nuevamente) y que estaba en terapia intensiva en un hospital. Mi
hermano me lo contó porque necesitaba apoyo, y decidí dárselo. No por mi papá,
sino por él. No quería que tuviera que aguantar ese momento solo.
Un día salí del trabajo, fui al hospital, hice la
fila, esperé largas horas hasta que me permitieron entrar… y lo vi ahí. En una
cama, después de dos años sin saber nada de él ni él de mí. Ese papá fuerte y
joven que yo recordaba estaba atado de manos y pies (la abstinencia del alcohol
y los medicamentos no eran buena combinación). Me vio y se sorprendió. Se
enteró por mí que su hijo mayor, desde Buenos Aires, estaba ayudándonos a saber
de su estado. Ese hijo al que él había lastimado con los peores insultos. Y que
su otro hijo, como siempre, era quien me buscaba del trabajo y me llevaba al
hospital.
Mi papá no estaba bien. Había sido sometido a dos
operaciones donde le habían quitado metros de intestino. Estaba muy débil. Lo
vi pocas veces, porque tenía que negociar con su pareja de ese momento (una
mala compañía que también lo llevó por caminos oscuros).
Hasta que un 18 de abril de 2022 me llegó un mensaje
que decía:
—Del hospital Padilla le escribo. Necesito que se
acerque a la brevedad.
Mi directora, que supongo ya sabía lo que eso
significaba, me dijo:
—Andate ahora. Nosotros vemos a tus alumnos.
Llegué. Me confirmaron la noticia. Entré y lo vi
ahí, en la cama. A su cuerpo. Él ya no estaba más. Me tocó la parte más fea:
llamar a todos para dar la noticia.
Pero hasta su muerte tuvo que ser complicada. Como
había ingresado por una herida de arma blanca, tuvieron que mandar su cuerpo a
hacer una autopsia. El mal manejo de la justicia hizo que mi hermano y yo
estuviéramos desde las 10:30 hasta las 18:00 de ese día esperando con el traje
para vestirlo, hasta que nos dijeron que no nos iban a entregar el cuerpo, que
debía hacerse el procedimiento judicial.
Recuerdo el agotamiento, la tristeza y a tres hijos
que me esperaban en casa.
Finalmente, nos entregaron el cuerpo al otro día. Me
tocó cambiarlo. Todavía no sé cómo me animé a hacerlo. Imaginen un cuerpo que
había pasado ya 24 horas fallecido… lo que fue pasar por eso. Después vino el
velorio, el entierro. Y el fin de esa historia.
Pero no de esta.
Yo elijo quedarme con la imagen de mi papá de cuando
era chica. Ese que amaba y que idolatraba. Prefiero pensar que fue un pobre
niño al que le faltó amor y contención. Él siempre contaba cómo había sufrido
que lo mandaran interno a una escuela en Córdoba, y cómo a su hermano le
compraban cosas nuevas y a él no, y tantas otras historias más. Ese niño tuvo
que crecer viviendo cosas feas, y no tuvo otra opción que pelear.
Creo que su momento de luz y salvación fue haber
encontrado a mi mamá. Pero creció viendo a un padre infiel… y siguió sus pasos.
Y una de esas amantes lo llevó al vicio del alcohol. Fue una suma de malas
elecciones, de dolores que nunca supo sanar, que prefirió justificar en lugar
de trabajar.
Y terminó solo, en un hospital. Lejos de sus hijos,
de sus nietos (a mi hijo menor nunca llegó a conocerlo). Terminó como él se lo
buscó. Quizás, si hubiera tenido amor y contención de niño, su vida habría sido
diferente.
Por eso elijo quedarme con su mejor imagen, con lo
mejor que pudo darme. Mi papá no era malo. Pero lamentablemente, no tomó buenas
decisiones.
Nosotros, por suerte, tuvimos a mi mamá, que nos
enseñó todo lo contrario a lo que le tocó vivir a él. Y por eso también creo
que hoy tenemos la suerte de tener el presente que los tres vivimos. Gracias a
ella.
Me hubiera gustado tener un papá como el que muchas
mujeres tienen: alguien que te cuida, que te da un modelo de hombre y te da
seguridad a lo largo de tu vida.
Yo no lo tuve. Y quizás muchas de mis malas
elecciones amorosas tuvieron que ver con eso.
Termino relatando algo que me enseñaron en
constelación familiar:
“Papá, me dolió crecer con miedo cada fin de semana,
queriendo un papá que me protegiera. Pero hoy elijo soltar ese dolor. Sé que
hiciste lo que pudiste con lo que tenías. Te perdono y me libero de repetir tu
historia. Hoy elijo un amor diferente, donde me sienta cuidada, valorada y
protegida.”
Donde sea que estés, de corazón, espero que estés en
paz. Como quizás nunca tuviste. Y que desde ese lugar, me cuides como un papá
cuida a una hija.
Andrea
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