Décimo escrito: Desde la mesa larga hasta hoy
Recuerdo todos los cumpleaños en la casa de mis abuelos maternos. La cocina, con esa mesa larga donde se sentaban los adultos y los nietos mayores, mientras que los más chicos teníamos nuestra propia “mesa de la independencia” al lado de la ventanita de la escalera. Cómo amaba esos momentos... porque, de una manera u otra, te sentías grande.
La Yaya con su pasta. El Nono con la Pastalinda, pasando una y otra vez la masa. Luego dos sillas, un palo de escoba, y ahí colgaban las masas, que después se convertirían en fideos. Cuántos cumpleaños pasamos comiendo empanadas, tortas caseras. Cierro los ojos y los flashes me inundan... y las fotos solo confirman todo eso que el corazón nunca olvidó. Eran épocas doradas. Épocas que en su momento no sabíamos valorar del todo, pero que con los años entendés que fuiste increíblemente afortunada de vivir.
Todo empezó con Eduardo, que se enamoró de Rosa Nieves. Eran vecinos. De ese amor nacieron Graciela, María Rosa, Eduardo y Nora Lía. Ese matrimonio joven tuvo que atravesar algo muy duro: la enfermedad y pérdida de su primera hija. No me imagino lo que debe ser perder un hijo... pero ellos supieron unirse y seguir adelante. Vi muchas fotos de ellos jóvenes, de viaje, con amigos, con sus hijos... formando una familia hermosa, sin saber que iban a ser los cimientos para los que vendríamos después.
De sus tres hijos vinimos nosotros: diez nietos. Ellos los cuidaron, los abrazaron, les dieron tiempo y amor. A mí me tocó compartir mucho con Ariel y Lourdes, hijos de Nora Lía —a quien siempre sentí como mi segunda mamá, mi madrina de confirmación y muchas veces mi confidente—. Con Luli jugábamos horas con las muñecas en el living, y con Ariel hacíamos bailes que mostrábamos en cada reunión familiar.
Muchos años después llegaron Lucas, Marcos y Mateo por parte de mi tío Edu, y dos nenas más —Lucía y Sol— por parte de mi tía Nori. Lo llamo “las camadas”: la primera, hasta Lourdes; la segunda, con los más chicos. Mis mayores recuerdos están con esa primera camada. Nuestros cumpleaños con una sola mesa, gaseosa, papas fritas, chizitos... y chicos jugando solos. Nos divertíamos sin animadores, sin salones, sin nada más que ganas de estar.
También recuerdo esos años en los que mi tía vivió en lo de mis abuelos porque estaban construyendo su casa. Para mí, era la gloria: pasar tanto tiempo con mis personas favoritas; Lourdes y Ariel.
Con el tiempo, entendés la importancia de los primos. De mantener fuerte ese vínculo. Porque llega un momento en que los abuelos, esos pilares, se van y el presente se transforma. Al crecer, uno hasta deja de festejar sus cumpleaños. Por la rutina, por el cansancio. Pero eso está mal. Los cumpleaños deberían celebrarse siempre. Son un año más de vida, de amor, de compartir. Y eso no se mide con cosas, se mide con personas.
Hoy fue uno de esos días que me inspiran a escribir. Fui a visitar sola a mi abuela, algo que no suelo hacer (siempre voy con mi mamá o mi tía). Mi Yaya... la que me cuidó tantas mañanas mientras mamá trabajaba. La que cocinó como nadie para mí durante toda mi vida. Hoy fui yo quien le cocinó a ella. No con la misma maestría, pero sí con el mismo amor.
Conversamos largo. La observé. Noventa y un años... y ahí está: entera, lúcida, con todo lo que le tocó vivir encima... y sigue siendo ese cimiento de nuestra familia. Y me pregunté: ¿por qué no hago esto más seguido? Claro… la vida. El trabajo, los hijos, las obligaciones. Pero sé que no fue casualidad este encuentro. Fue un llamado de atención. Un recordatorio de que, aunque no pueda devolver todo lo que me dieron, sí puedo disfrutarla hoy, ahora.
Deberíamos volver a hacer como ellos hacían: una rica comida, todos alrededor de la mesa. No esperar a un cumpleaños o a un evento importante. Reunirnos por el simple hecho de querer compartir. Sembrar momentos que jamás se olvidan. Tengo primos y primas que son grandes personas, con los que comparto poco. Es algo que quiero cambiar. Aunque haya brechas de edad, somos nosotros los responsables de seguir construyendo sobre esos cimientos que Eduardo y Rosa Nieves dejaron.
Gracias a ellos por tanto. Por ese ejemplo de matrimonio que, durante 60 años, miraron hacia la misma dirección. Fruto de ese amor: cuatro hijos, diez nietos, seis bisnietos... ojalá podamos hacer, aunque sea, una cuarta parte de todo lo que ellos hicieron.
Se me ocurren muchas ideas para arrancar. Este escrito es la primera. Creo firmemente que nunca es tarde. Que cada día que empieza es una oportunidad nueva para hacer, para cambiar, para volver a abrazar lo importante. Y si puedo, quiero empezar por casa. Por mi Yaya. Por los míos. Por el amor.

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