Hay cosas que vuelven… y no deberían

 

Hoy fue uno de esos días en los que sentís que te revuelven todo por dentro.
De esos en los que necesitás sacar todo, porque hay cosas que, aunque pasen los años, vuelven… y duelen como la primera vez.

Hace un tiempo, en febrero, tocaron el timbre de mi casa. Era un mensajero de tribunales. Una mediación por un régimen de visitas.
Y ahí, en ese instante, sentís cómo se te cae todo otra vez.

Porque cuando te hablan de mediación, uno entiende que se agotaron todas las instancias de diálogo.
Pero no siempre es así.
No cuando del otro lado hay alguien que aparece cuando quiere, que ocupa más un rol de tío que de padre, que está un rato, da una vuelta y después devuelve a un hijo “porque extraña la casa de su mamá”.

Y ahí es donde entendés que no todo el mundo está preparado para ser lo que dice ser.

Ese día no estuve sola. Estaban mi mamá y mi hermano.
Esos ángeles que la vida te pone al lado para recordarte que, a pesar de todo, tenés una red que te sostiene.
Porque sí, lo emocional duele… pero también pesa lo económico, los abogados, los gastos, todo lo que una, siendo docente, hoy no puede afrontar con facilidad.

Y, aun así, una sigue.

Sigue porque hay hijos.
Sigue porque hay amor.
Sigue porque no queda otra.

Lo irónico de todo esto aparece después.
En las redes sociales.

Ese mundo perfecto que muchos quieren mostrar.
Ese “todo está bien” que en realidad está lleno de vacíos.

Porque hay personas que necesitan mostrarse constantemente, exponer todo, incluso lo que no debería exponerse.
Incluso a un niño.

Y ahí es donde duele de otra manera.

Porque no es solo lo que pasó, es lo que sigue pasando.
Es la falta de límites.
Es la falta de respeto.
Es usar a un hijo como herramienta para lastimar.

Y no… eso no se tolera.

Porque cuando se trata de mis hijos, soy una leona.
Y con ellos, no.

No fue fácil criarlo sola.
No fue fácil estar en los momentos importantes sin acompañamiento.
No fue fácil atravesar enfermedades, pérdidas, noches sin dormir… sin nadie del otro lado.

Pero lo hice.
Y lo sigo haciendo.

Entonces, cuando veo ciertas actitudes, ciertas exposiciones, ciertas formas de querer “mostrar una vida”, solo puedo pensar una cosa:

Qué vacío tiene que estar alguien por dentro para necesitar eso.

La vida podría haber sido distinta.
Pero las decisiones de otros también construyen nuestras posturas.

Y hoy, mi postura es esta:
cuidar, proteger, poner límites.

Porque el amor no es lo que se muestra.
El amor es lo que se hace, incluso cuando nadie lo ve.

Y hay algo que aprendí con el tiempo…
La vida es como una rueda de la fortuna.

Todo, pero todo… vuelve.

Y mientras algunos eligen aparentar, yo elijo quedarme con la tranquilidad de saber que hice, hago y voy a hacer siempre lo correcto… aunque duela, aunque cueste, aunque nadie aplauda. Porque el amor verdadero no necesita mostrarse, solo sostenerse.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Décimo escrito: Desde la mesa larga hasta hoy

Olas que se llevan, olas que enseñan