Cuarto escrito: "Nunca digas nunca"

 Repasando un poco en mi cabeza todo lo que pasé en estos años pensé que era bueno también contar este capítulo de mi vida. Aprendí con hechos en mi vida que nunca hay que decir nunca y la siguiente historia relata un poco de eso.

El pato criollo de la familia, un paso una macana, si así era yo esa era mi marca registrada. Al salir del colegio empecé a estudiar psicología, pero en el cursado del primer año me di cuenta de que no era lo mío, aun así, seguí pero por razones económicas y en parte también rebeldía (como siempre tuve) me metí en un trabajo “por las vacaciones” y que se terminó convirtiendo en tres años. Recuerdo que fue por ese trabajo que volví a ver a un amigo del secundario. El chico que tenía a muchas muertas de amor en los quinces y en las semanas deportivas todas admiraban lo bien que jugaba al vóley. Para mí, era mi amigo, alguien del cual no tenía interés pero si la vida es jodida y en sus vueltas, terminé enamorándome de él a pesar de que puse mis barreras porque había una marca en él y que era un infiel de siempre.

Recuerdo que estaba tan enganchada que para mí era como un sueño estar con él, pasamos muy lindos momentos. En aquel entonces yo estaba asombrada que un hombre me acepte con mi hija de 3 años y él no tan solo la aceptaba, sino que también me ayudaba con ella. Pasaban los años y la relación tuvo sus subidas y bajadas tras infidelidades (las cuales yo sabía que iban a suceder) pero continue con esa relación, no se porqué terminaba creyendo en el “nunca más lo hago”. En ese tiempo dejé psicología, el trabajo y decidí ir por una carrera que era de corta duración y con salida laboral: la docencia. Recuerdo sentir mariposas y el corazón acelerado a la salida del terciario cuando ese gran amor estaba en su moto esperándome afuera.

 Hasta que en marzo o abril me enteraba como resultado de  un día de los enamorados (si un 14 de febrero irónicamente) fruto de ese amor, un nuevo embarazo. De nuevo esa sensación horrible de enterarme que estaba embarazada y que era una mala noticia, esa oscuridad de nuevo en mi vida cuando estaba yéndome tan bien en la carrera iniciando mi segundo año de cursado pensando en que esta vez no iba a poder y que mi familia no me iba a apoyar. En mi primer escrito les conté que quede embarazada en el momento que a mi mamá le había dado un ACV isquémico lo cual como consecuencia la tuvo depresiva, pero Juli llego y fue pura luz, una salvación para mi mamá en ese momento. En este embarazo, era otro momento crucial y difícil ya que mi hermano estaba atravesando una enfermedad difícil y yo con esta noticia complicaba peor el panorama.

Volvía en el colectivo pasadas las 23 horas, las lágrimas en mis ojos no las podía frenar sin saber qué hacer. Hasta que me animé y se lo conté a mi mamá. Para sorpresa mía lo tomo bien, nuevamente apoyándome y ayudándome con esa nueva realidad que estaba viviendo. Y uno dirá que bueno se le acomodo todo, pero como siempre tiene que haber un gris en esta historia. Ese gran amor me decía una tarde que no estaba listo para ser padre, que no podía. Con un gran dolor acepté su decisión y lo solté. Me tocaba transitar un embarazo sola con mis veintitrés años en ese momento. Pero así fue, me enfoque en mis estudios, aunque dolía un montón porque ese bebé que llevaba dentro mío con cada movimiento me recordaba a ese amor que extrañaba. Ese amor, que volátil se había puesto de novio con una chica con la que había tenido una aventura paralela a mi relación, una mujer insegura de su relación (calculo también por como inicio siendo amante) me mandaba mensajes contándome cosas que hacían juntos y desde el otro lado de la pantalla estaba yo llorando con esa realidad y mi panza creciendo mes a mes.

Y en esto me recuerda a una frase que el príncipe encantado de la segunda historia me dijo cuando me dejaba embarazada por su amante: -Te perdiste la posibilidad de pasar un embarazo acompañada. Mierda hay que ser cruel para decirle eso a alguien que se recién se enteraba que le eras infiel y que encima la dejabas sola. Pero fue así en mis dos últimos embarazos me toco ir al ginecólogo sola mirando a las otras mujeres acompañadas de sus parejas y yo ahí imaginando excusas como “de que estaba sola porque el padre estaba de viaje o trabajando” mintiéndome a mí misma para que no duela tanto estar sola en esa sala de espera.

En esos dos embarazos me costo mucho subir de peso porque no la estaba pasando nada bien, demasiado triste para ser sincera, pero nunca me tire a llorar porque siempre pensaba en que esa criatura que crecía dentro mío sentía todo, ignorando que el corazón no podía esconderlo como lo hacía con mis lágrimas.

Volviendo a mi relato, pasaron las nueve lunas y en el ultimo control con el médico, un 12 de noviembre, me indica que esa bebé estaba con taquicardia y que había que operar de urgencia con una cesárea. Me dio todas las indicaciones, de que debía salir del consultorio e ir a internarme y yo intentando procesar toda esa información que iba en contra del parto normal que había planificado todos esos meses en mi cabeza.

Con mil problemas en el medio, tuve que volver a mi casa por mis cosas, por mi mamá y volver al centro para internarme, obviamente llegué tarde al sanatorio y ya no había anestesista. A esperar hasta las 23  horas que recién llegaba el siguiente. Semanas antes el gran amor volvió a aparecer y acordábamos que él participaría de ese día. Anestesia en la columna, se durmieron las piernas y al rato, ya no éramos una sola. Olivia salía de mí para empezar su historia, sin llorar como todos los bebés cuando nacen se la llevaron corriendo a la neonatología, preocupada preguntaba ¿por qué no llora? Y nadie me respondía hasta que momentos más tarde con un llanto fuerte, ella me decía: -tranquila mamá, estoy bien.

Mi gran amor de aquel momento, cuando la tuvo en sus brazos como cuando cupido te une con su flecha, se enamoró al instante que la conoció y que la tuvo en sus brazos. Haciendo que se convierta en un gran padre con ella, hasta el día de hoy.

Y Olivia llego para romper todos mis esquemas, una niña tan inteligente, tan sensible muy compañera y  tan hermosa como lo es su nombre que fue elegido por mí, porque significa “la que trae paz” y eso era lo que yo más ansiaba en ese momento de tanto problema… PAZ. Y ustedes dirán ¿Qué tiene que ver el nunca digas nunca? aquí va la explicación: finalizada mi relación con el papá de mi primera hija dije -NUNCA MÁS me meto con un escorpiano, odio ese signo. Y si, escupí para arriba y me cayó en la frente siendo Olivia tan escorpiana que me río de mis dichos.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Décimo escrito: Desde la mesa larga hasta hoy

Olas que se llevan, olas que enseñan

Hay cosas que vuelven… y no deberían